La venta de lo público como práctica espacial

El fin de semana pasado la Puerta del Sol amaneció con un lavado de cara en su estación de Metro, que pasa a llamarse Vodafone Sol en vez de simplemente Sol. Como leemos en Ecomovilidad, esta operación de marketing (que supondrá al Metro de Madrid un ingreso de tres millones de euros en tres años) se completará con el cambio de nombre de toda la línea 2 (la roja, para quien no conozca la red de Metro).

Como supondréis, ha habido reacciones de todo tipo, entre quienes se muestran a favor de este tipo de acuerdos de naming rights por la desesperada situación económica de Metro de Madrid y quienes ven en esta operación un ejemplo del expolio de lo público con la excusa de la crisis. Esta segunda perspectiva se puede relacionar con el tema que traté recientemente en la anterior entrada (De Henri Lefebvre al mercadeo del espacio público), así que en la presente seguiré utilizando un esquema de análisis que sigue a Lefebvre, pero complementándolo con La Cuestión Urbana de Manuel Castells. En esta entrada, por tanto, vamos a analizar el alquiler del nombre de la estación de Metro como práctica espacial.

Retomando el esquema triple que utilicé en la anterior entrada, sacado de La Producción del Espacio de Lefebvre, vemos que de la realidad espacial (dicho de otro modo, de un espacio dado que, en este caso sería la plaza de la Puerta del Sol y su estación de Metro) se pueden sacar tres dimensiones, que pasamos inmediatamente a analizar:

  • Prácticas espaciales o espacio percibido: el conjunto de prácticas sociales, sin duda la parte más fácil de ver. En nuestro caso, el alquiler durante un periodo de dos años del nombre de una estación de Metro, con toda la ventajosa visibilidad que ello supone desde el punto de vista del marketing. Visto de otro modo, la participación de la iniciativa privada en un servicio supuestamente público, con una gran visibilidad como contraprestación. Desde el punto de vista de la ciudadanía usuaria del Metro o del espacio público de la Puerta del Sol, la visión de la identidad corporativa de una empresa en un espacio concreto anteriormente libre (salvo los carteles publicitarios) de marketing.
  • Representaciones del espacioespacio concebido: la forma de concebir el espacio por quienes lo estudian, diseñan o manipulan. Desde la perspectiva de la empresa anunciante, veríamos un espacio a compartir y del que obtener beneficios publicitarios (aún más si se considera la desesperación de un Metro muy endeudado). Desde el punto de vista de la administración (CAM, Consorcio, o directamente Metro de Madrid), el espacio sería una fuente de ingresos gracias a la iniciativa privada.
  • Espacios de representaciónespacio vivido: las ideas, símbolos y valores que se viven, de los que se participa mediante la experiencia en el espacio. En nuestro caso podemos ver las ideas de la “gobernanza” y de la “iniciativa público-privada” como ejes de la política, en el marketing y el consumismo como sempiternas referencias en todas las esferas de la vida, y en la “modernidad” que transmiten las instalaciones del Metro y los espacios de las “smart cities” que tan fácilmente se venden en el urbanismo local contemporáneo.

Las conclusiones de este triple esquema se pueden realizar complementando con las ideas de Castells, quien intenta en La Cuestión Urbana utilizar el materialismo histórico marxista como base para captar “lo específico de las formas del espacio social”. Vemos así el espacio como expresión de la estructura social de un momento [y lugar] dado, como combinación y juego de los sistemas económico, político-institucional e ideológico[-cultural]. Aplicado al caso que nos ocupa, y siguiendo con el triple esquema de Lefebvre, vemos el mercadeo (temporal, pero mercadeo al fin y al cabo) del espacio del Metro como una combinación de lo económico (por la enorme deuda tras un periodo en el que el Metro de Madrid creció excesivamente, a zonas con una demanda que no lo justificaba), lo político-institucional (con unas administraciones poco menos que dispuestas a “compartir” la carga de lo público con empresas deseosas de aprovechar su desesperación, en una clara relación de dominación-regulación que justifica el expolio de lo público) y lo ideológico (como parte de una estrategia de normalización y expansión de la venta ya no sólo de espacios sino de servicios públicos).

En conclusión, esta venta temporal del espacio público (o al menos del espacio de un servicio supuestamente público) no debe entenderse como algo aislado, sino como parte de una estrategia de clase legitimadora de una tendencia al expolio y a la privatización. Lo que puede verse tan frecuentemente en la plaza del Callao (que llega en ocasiones a fomentar inseguridades y dependencias consumistas mediante la promoción de cosméticos femeninos en grandes carpas con mucha seguridad policial) es un ejemplo del uso y abuso de la situación de crisis auto-generada. En el caso del Ayuntamiento y de la Comunidad de Madrid la “herencia socialista” es inviable como argumento, ya que la única herencia es la suya: una expansión injustificada de Metro (menospreciando otros medios de transporte más baratos y más adecuados a demandas menores) y una serie de faraónicas operaciones que han dejado a las administraciones públicas madrileñas con una conveniente situación de desesperación. Se vende, entonces, la coparticipación público-privada en la economía como algo no sólo necesario sino positivo, poniendo encima de la mesa todas esas entelequias tan bonitas de eficiencia, productividad, competitividad, etc.  Qué mal están las cosas, y qué suerte que vengan las empresas a echar una mano. 

De Henri Lefebvre al mercadeo del espacio público

Como podréis comprobar en este blog, el mercadeo del espacio público es un tema que me apasiona e indigna por igual y, por suerte o por desgracia, el Ayuntamiento de Madrid proporciona abundantes casos de estudio y de denuncia. Hoy os voy a resumir brevemente un esquema de análisis de la experiencia no sólo urbana sino espacial que describe Henri Lefebvre en La Producción del Espacio. Con este esquema podemos estudiar en profundidad un sinfín de acontecimientos y prácticas en la realidad urbana, pero en esta entrada vamos a utilizar como ejemplo el alquiler del espacio público madrileño (principalmente de la Plaza del Callao) sin desarrollarlo demasiado para mantener esta entrada breve.

Dejemos claro desde el principio que Lefebvre describe la experiencia espacial como algo no sólo físico sino especialmente social, siendo lo más importante el conjunto de relaciones sociales que se producen y reproducen en el contexto del espacio. Habla de una tríada de aspectos que caracterizan la existencia espacial:

  • Prácticas espaciales: también definido como el espacio percibido, sería el conjunto de prácticas sociales que se dan en un espacio. Un ejemplo sería la serie de espacios y de relaciones sociales en torno a una plaza concreta.
  • Representaciones del espacio: también definido como el espacio concebido, sería el conjunto de teorías o explicaciones sobre el espacio desde cualquier tipo de perspectiva (política, economía, sociología, geografía, urbanismo, etc.). Dicho de otro modo, serían las formas de explicar la realidad espacial. Un ejemplo sería un plan urbanístico de una zona concreta.
  • Espacios de representación: también definido como el espacio vivido, es el espacio como manera de vivir símbolos, imágenes o ideas asociadas a dicho espacio. Un ejemplo sería el de las ideas de “sol”, “playa”, “descanso” y demás, vividas por la gente de vacaciones en Levante.

Aplicando este esquema a la plaza del Callao como ejemplo de mercantilización del espacio público, vemos en primer lugar una larga lista de premiers, presentaciones, anuncios e instalaciones de marcas de los más variados sectores, que normalmente cuentan con la presencia de personajes célebres, y con hordas de personas espectadoras a su alrededor (en ocasiones, supongo, más por ver qué sucede que por conocimiento del evento). Utilicemos, como ejemplo más concreto, la actual ocupación de la plaza para el anuncio de unos televisores, que podéis ver en la fotografía que incluyo en esta entrada. Esta incorporación de un objeto comercial a la plaza es el lado positivo de los acontecimientos, siendo el negativo el espacio público temporalmente inaccesible para las personas usuarias del espacio. Todo esto sería el espacio percibido. Estas prácticas socio-espaciales consisten, en nuestro caso concreto, en la ocupación de un espacio público por una instalación efímera que simula unas cajas de televisores apiladas. Hay que considerar también la interacción del público viandante con dicha instalación. Detrás de estas prácticas espaciales debemos buscar el modelo de espacio y de ciudad esgrimido como base, principalmente desde el Ayuntamiento. Podemos considerar el archiconocido modelo de ciudad moderna, innovadora, competitiva y favorecedora de los negocios al margen de las consideradas como “leves” molestias a la ciudadanía. Este modelo, que es abiertamente defendido por las actuales administraciones públicas, sería el espacio concebido, la representación del espacio en la que piensan los agentes que permiten, fomentan o incluso gestionan estas prácticas. Tengamos en cuanto que no hay una manera de ver la realidad urbana, sino muchas. En nuestro caso podemos pensar no sólo en la del Ayuntamiento, sino también en la de las personas famosas, o en la de las empresas anunciantes. Así, vemos el punto de vista de una marca de televisores, que ve el espacio urbano como un escaparate a utilizar para alcanzar a un mayor público. Según el Ayuntamiento, el espacio público sería una posible fuente de ingresos mediante el alquiler y las facilidades para la ocupación privada del suelo. Por último, pensemos en las ideas, en los símbolos que justifican en un plano aún más abstracto estas prácticas espaciales. Podemos pensar genéricamente en el papel de los personajes famosos, en cómo a través del espacio se participa de la fama, del glamour, del cine, o de las causas que quieran vender en los anuncios. También podemos considerar la idea de una ciudad al servicio de los negocios y de un ayuntamiento siempre dispuesto a servir a las empresas, en detrimento de otros intereses. En nuestro caso concreto podemos ver las ideas de consumo y consumismo, tecnología, poder adquisitivo, y de futuro, participadas a través de unas supuestas cajas. Esto sería, por tanto, el espacio vivido o de representación.

Este triple esquema nos proporciona una perspectiva muy completa de un suceso urbano tan cotidiano últimamente, pero puede servir para cualquier aspecto de la realidad espacial. Lo más interesante de este triple esquema es, en mi opinión, que vincula de una manera muy clara (y necesariamente dialéctica) los aspectos más tangibles (las prácticas sociales en el espacio) con las ideologías y esquemas mentales que hay detrás (las representaciones del espacio) y con las ideas y los símbolos que hay en lo más profundo (los espacios de representación). Este esquema nos permite, por lo tanto, ver que en lo que puede leerse como una mera efímera interrupción efímera del espacio público hay esquemas mentales muy concretos de cómo se pretende que sea el espacio, así como una serie de ideas que se producen (por quienes las fomentan) y se reproducen (por quienes participan en ellas). Esta visión más profunda e inquisitiva nos permite comprender mejor las oscuridades de cada práctica espacial, pudiendo así definir mejor nuestros esfuerzos políticos y nuestras opiniones.

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Gentrificación y producción de los espacios

Gentrificación (aburguesamiento, elitización) es un proceso de transformación urbana en el que la población original de un sector o barrio deteriorado y con pauperismo es progresivamente desplazada por otra de un mayor nivel adquisitivo, como consecuencia de programas de recalificación de espacios urbanos estratégicos.

¿Qué duda cabe ya, viendo la aparentemente posmoderna realidad de la gentrificación, de que “la producción espiritual se transforma con la material”? ¿Qué duda cabe de que el capitalismo produce espacios a su imagen y semejanza? Sólo hay que echar un vistazo a barrios antaño de vida bohemia, migrante y estudiante, convertidos hoy en piezas clave de los planes de marketing de ciudades como marca (proceso a considerar, necesariamente, junto al de la transformación de los países en marcas a vender).

En el contexto de Madrid los casos paradigmáticos son, sin duda, Malasaña, Chueca y Lavapiés (oficialmente los barrios de Universidad, Justicia y Embajadores, respectivamente). Donde deberíamos haber visto la mano del Ayuntamiento y del sector público renovando edificios y asegurando una digna vida urbana, vemos la labor empresarial más especulativa y depredadora. Pensemos, por ejemplo, en la película Chuecatown, una cómica exageración del mobbing inmobiliario que en los últimos meses ha tomado la forma de un Ayuntamiento y una Empresa Municipal de Vivienda y Suelo (EMVS) intentando vaciar varios inmuebles del Distrito Centro. Otro ejemplo bien conocido, con la explícita connivencia del Ayuntamiento sería el del área del Triángulo de Ballesta, dominado por una asociación comercial (Triball, S. L.) respaldada por una inmobiliaria.

Debemos considerar al aspecto (al menos aparentemente) positivo de la gentrificación: se renuevan barrios, habitualmente llamados “marginales”, que suelen estar repletos de edificios ruinosos en los que la vida urbana puede ser definida, al menos, como deficiente. En el proceso gentrificador se produce un espacio renovado, “limpio”, y estéticamente apropiado para los gustos de tribus urbanas como yuppies, dinkies y, en general, la clase urbana cosmopolita y moderna. Surgen así, establecimientos comerciales modernos, “alternativos”, y una serie de sectores que podemos identificar con la Creative Class de Richard Florida. Podemos ver esta innovación y creatividad de los barrios y las calles como parte de la competitividad entre ciudades, el ya mencionado marketing de las ciudades como marca.

Esta perspectiva político-económica de las instituciones o delimitaciones geográficas vendiéndose en un mercado global como si fuesen empresas privadas ha recibido de manera vergonzosamente explícita de la Comunidad de Madrid, que publicó a través de su Dirección General de Urbanismo un manual sobre “Ciudades en transformación: reconsideración de la competitividad, la cohesión y la gobernabilidad urbanas” (Nick Buck et, al, 2007). Vemos que lo importante no es ya que la ciudadanía viva bien, o que haya espacios en los que llevar a cabo una vida pública, sino que una ciudad se venda bien. Surgen así propuestas como el Plan Estratégico de Posicionamiento Internacional (PEPI) del Ayuntamiento de Madrid, cuyo fin último es, previsiblemente, buscar la “competitividad” de la Villa como receptora de inversiones y empleos internacionales.

Vemos aquí un clarísimo ejemplo de aquello con lo que empezamos: la transformación de lo espiritual y lo material o, dicho de otra manera, la producción de espacios bajo el capitalismo que siguen los mismos principios que el sistema del que surgen. La dinámica del capitalismo, que lleva a empresas a procesos de destrucción creativa (mediante la necesidad de ir trascendiendo estructuras definidas de productos, mercados y tecnologías) se ha ido infiltrando en el funcionamiento de instituciones públicas a todos los niveles, como podemos ver por la relevancia de la palabra “Competitividad” en carteras ministeriales o en responsabilidades a nivel europeo. En el contexto de las ciudades y los barrios podemos leer este concepto, el de la competitividad, como la disponibilidad de los espacios y de las instituciones para someterse a los constantes y necesarios cambios espaciales y humanos (principalmente) que dicta la dinámica capitalista.

El aspecto negativo que podemos ver de esta dinámica y de la gentrificación es, principalmente, cómo se trata a las personas y a sus necesidades. Las personas que han hecho su vida en un barrio se convierten en barreras para la innovación, escollos a eliminar por el bien de la competitividad y de los caros gustos de la clase cosmopolita urbana. Desde la perspectiva del materialismo histórico-geográfico que defiende David Harvey (que podemos ver en relación con una dialéctica no sólo histórica sino también espacial) la gentrificación se ve como la previsible vuelta a los degradados centros urbanos de las clases adineradas que huyeron a los suburbios. En su momento la dinámica capitalista fluyó hacia los suburbios (siendo el clásico objeto de estudio el de la economía estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial), construyéndose numerosas infraestructuras nuevas y urbanizando vastas zonas de baja densidad. Esta construcción desenfrenada cristalizó en urbanizaciones y municipios que pueden ser definidos como “suntuarios” e innecesarios (salvo como motor de crecimiento económico capitalista). Es importante señalar que la degradación de los centros urbanos se debe precisamente del abandono y la huida hacia los suburbios.

La supervivencia del sistema, que según cómo lo veamos parece tener un estado de salud distinto, parece requerir ahora una vuelta a los abandonados centros urbanos. Abandonados, sí, al ir en el caso de Madrid las clases adineradas hacia el norte en la Villa y hacia los suburbios, instalándose por los bajos precios y alquileres colectivos que no podían o no querían permitirse la apacible vida suburbana. Surge, por tanto, de la dinámica capitalista de ir colonizando y abandonando continuamente espacios, mentes y mercados, la gentrificación como re-ocupación de lo antaño abandonado y despreciado.

La destrucción creativa trae consigo una metamorfosis de espacios, algo fácilmente visible, pero también y casi de manera más importante, de mentes y de conciencias. Volvemos así a lo dicho inicialmente de que el capitalismo produce espacios a su imagen y semejanza, al ir transformando a través del espacio, de la cultura, de la legislación y de la práctica política. Es paradigmático ver, en el caso de Madrid, cómo los espacios públicos se convierten en poco más que espacios de compraventa, en mercados perennes. La plaza de Santa María Soledad Torres Acosta (también llamada plaza de la Luna por la calle adyacente), la de San Ildefonso, la calle de Fuencarral y ahora también la plaza del Callao son ejemplos de una okupación que tiene poco que ver con CSO’s, sino más bien con CEO’s y con el mercadeo del espacio público. Se urbaniza así, desde el capital, no sólo el espacio sino las mentes, al hacer que el espacio público se asocie instintivamente al comercio.

Habiendo dicho todo esto, podemos ver que la gentrificación puede ser defendida como un motor del crecimiento económico con unos matices y unas intenciones secundarias de privatización y primacía del mercado. Podemos pensar, por tanto, en alternativas que busquen el desarrollo socioeconómico de los barrios y de las ciudades, obviando los intereses exclusivamente privados. Estas alternativas pueden pasar por la proliferación de cooperativas de vivienda y de otras prácticas económicas alternativas, y de la vivienda pública con alquiler social. Haría falta, para empezar, que un Ayuntamiento se dedique más a garantizar el derecho a la vivienda de su ciudadanía que a expulsar a gente de sus casas.

Palestina, o la inexistencia de los invisibles.

La definición de Palestina como Estado observador, aprobada ayer en la Asamblea General de la ONU, viene a decir algo que no todo el mundo compartía: Palestina existe. Lo que antes era poco más que dispersos territorios con una población indisciplinada y poco conformista con las fronteras oficiales, ahora es un Estado (Observador, por lo menos). Una primera y muy importante repercusión de la redefinición de los territorios palestinos es que podrán acudir a la Corte Penal Internacional para denunciar, si así lo desean, las acciones de su vecino Israel. Esto sirvió como argumento a un país tan poco sospechoso de favorecer a Israel como es Estados Unidos, diciendo que la redefinición (de “entidad observadora” a “Estado observador”) podría complicar el proceso de “paz”. Es un argumento defendible, si en la balanza pesa más la aparente estabilidad dirigida y dominada por Israel que el derecho de autodeterminación una población.

Fuente: El País

Fuente: El País

Podemos relacionar la cuestión de la definición de Palestina como Estado observador con la importancia de la visibilidad de los conflictos y de las personas. Más allá del “ojos que no ven…”, se puede ver una intención de deslegitimar a un oponente, o a un colectivo subyugado o combatido. Así, mientras un colectivo no sea percibido como existente, sus problemas, necesidades y reivindicaciones son igualmente inexistentes. Surge así la necesidad de la visibilización como primer paso para solucionar un conflicto de seres invisibles. Se puede ver un vínculo entre esto y lo que traté en el anterior post, ya que una consecuencia de restringir los usos del espacio público es precisamente invisibilizar (o, dicho de otra manera, hacer que cese la existencia) aquellos usos alternativos no deseados por el poder (en este caso, el Ayuntamiento de Madrid).

Mientras Palestina era poco más que una indeterminada miríada de pueblos cercados y acorralados, no podía haber más respuesta o defensa por su parte que la violencia individual (porque no había una colectividad legitimada o visible). Desde el momento en el que Palestina existe (a ojos de la llamada “comunidad internacional”), puede responder como un Estado. Como todo derecho, a la visible existencia le acompañan deberes y responsabilidades. Sobre todo, el poder responder como Estado, precisamente lo mismo que pueden querer de Israel; que responda ante el derecho internacional de lo que como Estado ha hecho. De este cambio de definición o de estatus también se puede sacar un lado menos amable: lo que era una masacre entre un Estado y una entidad poco determinada puede no necesariamente convertirse en paz, sino en una guerra entre dos Estados, seguramente con mayores repercusiones internacionales aún.

Pasamos ahora de una Palestina visibilizada a los actos que estos días (principalmente hoy 30 de noviembre y mañana 1 de diciembre) están teniendo lugar con el VIH/SIDA en el punto de mira. Posiblemente la función más importante del Día Mundial de la Lucha contra el SIDA sea la concienciación, percepción o awareness de la enfermedad y del virus, con todas sus repercusiones. Podemos ver el 1 de diciembre, pues, como un día de visibilización de un colectivo demasiado invisible (o invisibilizado, si pensamos un poco mal). Cuanto menos se vean los problemas y las necesidades de las personas afectadas por el virus o por la enfermedad, menos razones se percibirán para hacer esfuerzos y para destinar fondos públicos. Del mismo modo, menos reales serán las respuestas cuanto menos visibles sean los problemas y las necesidades de otros colectivos, como los de personas trans, bisexuales, inmigrantes, con diversidad funcional, etc. Se hace necesario, así, buscar la visibilidad de los colectivos que no responden a los idílicos gustos e intereses generales, a un sentido y a una identidad comunes. Visibilizar, por tanto, todas las parcelas de la realidad humana que no responden a las formas de vida producidas por los baudrillardianos simulacros de quienes dominan las estructuras de poder.

Fuente: ABC

Fuente: ABC

Mercadeo en espacios públicos y otros esperpentos

Defendía la no del todo retirada expresidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, que es “ilegal acampar en una plaza pública, es una privatización del espacio público“, ante lo que pedía mayor dureza a su correligionaria Cristina Cifuentes. ¿Qué proponer, entonces, ante lo que nos viene encima? ¿Cómo responder ante los constantes y casi inexorables intentos de instituciones como el Ayuntamiento de Madrid de privatizar y comercializar plazas y calles? ¿Mandamos excavadoras y arietes contra las terrazas, chiringos y artificiales mercadillos navideños de cartón piedra, a modo de libertadores del espacio público?

Como muchos medios han reflejado, el Ayuntamiento tiene la intención de evitar que la Puerta del Sol, rompeolas de tantas concentraciones y marchas, sea un “manifestódromo”, llenando la plaza de los árboles (aunque antes fuese, aparentemente, imposible plantar árboles ahí por falta de espacio y profundidad), y con una terraza que incumple la actual normativa (Ordenanza Municipal ANM 2007\1). ¡Que nadie se preocupe! El gobierno municipal de Ana Botella no tiene problema alguno en cambiar las normativas que hagan falta para cumplir sus objetivos (que no necesariamente las necesidades de la ciudadanía madrileña) o para ayudar a cuantas amistades empresarias tengan. Para poner dos ejemplos de esto último (y ambos muy relacionados con el vicealcalde, Miguel Ángel Villanueva), el promotor de diversión nocturna y de puntuales desastres Miguel Ángel Flores, y el gaympresario (como diría Shangay Lily) Kike Sarasola. Este último, propietario de los hoteles Room Mate, se benefició de cierta dejadez en cuanto a la labor del Ayuntamiento de hacer cumplir la ley, al tener una terraza en una azotea en Chueca (a la cual han ido de fiesta Ruiz-Gallardón y Villanueva) que terminó siendo recientemente cerrada, tras años sin la correspondiente licencia.

No hace falta buscar conexiones y viejas amistades entre altos cargos de la política madrileña y el mundo de los negocios, ya que hasta en aspectos aparentemente tan anodinos como las terrazas en espacio público podemos ver la permisividad del Ayuntamiento con el incumplimiento de la normativa o con la cercenadura del derecho al espacio público madrileño. Así, se ha visto cómo plazas (por ejemplo, la de San Ildefonso por Malasaña) se han llenado de terrazas flagrantemente incumplidoras de normativa (en materia de metros cuadrados ocupados, respeto del arbolado urbano, ruido emitido, …) en detrimento del uso del espacio público. Y no será por falta de vigilancia policial, ya que las calles del centro son constantemente patrulladas por las noches de fin de semana, en busca de los malvados consumidores de botellón. En la plaza de Vázquez de Mella, por poner un ejemplo, frente a uno de los hoteles de Kike Sarasola, es habitual ver un coche patrulla persiguiendo el botellón, pero ignorando las infracciones y el abuso de utilización privativa del espacio público que cometen las terrazas allí plantadas.

Ya para acabar, tenemos otro caso de privatización del espacio público, no sólo consentida sino promovida por el Ayuntamiento: el uso comercial y excluyente, festivo si se me permite, de plazas. Los mejores ejemplos son las Plazas Mayor, de Jacinto Benavente, del Carmen y, sobre todo, de Callao. Mientras que en las tres primeras plazas hay ahora mismo unos “tradicionales” puestos navideños, en Callao se ha decidido acompañar a la pista de patinaje y al árbol con una gigantesca juguetería, con publicidad de Mattel, Barbie y Hot Wheels incluida. Es defendible que los puestos tradicionales sean necesarios para microempresas y comercios “de toda la vida”, pero en ningún caso creo que pueda defenderse plantar un mini-centro comercial en un punto de encuentro tan neurálgico. ¿Dónde queda ahí la Navidad familiar y cristiana que seguramente defienden la alcaldesa y sus colegas? ¿Tan lejos e inaccesibles están los mega-centros comerciales de la periferia que hay que traer al centro un retazo?  Eso es una pura promoción institucional del consumismo más abusivo e innecesario. Lo más problemático de esto puede que no sea algo económico, sino de índole ideológica: no deja de ser un intento de producir una idea de “Navidad” única y excluyente, que obligue a comprar para sentir que se está haciendo “lo que toca”, “lo que hay que hacer”. Vemos así lo relativamente fácil que es desterrar de la esfera pública y visible a cualquier práctica social (sea la Navidad, o sea cualquier otra): se consigue restringiendo el uso de las calles y plazas a lo que se quiere, impidiendo tácita o explícitamente todo lo demás.

Buscando un Nuevo Modelo de Inserción

Una crisis tan profunda como ésta en la que nos encontramos es un momento más que perfecto para cuestionar la validez del modelo de inserción de nuestra economía, algo que podemos traducir en la función que nuestra economía cumple en el conjunto global. Como más de uno se estará imaginando, la economía española se ha basado demasiado en el turismo de sol y playa que ha traído hasta nuestras costas a “guiris” de toda Europa. Durante mucho años este modelo funcionó bien, complementado por un turismo más desarrollado y cultural, en torno a ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia, y también la recepción de inversiones en fábricas de multinacionales como Renault. También podemos incluir otra función de nuestra economía: la exportación de determinados productos agrícolas y ganadores, en general típicamente mediterráneos.

Al margen de todas las ventajas e inconvenientes de nuestra pertenencia a la Unión Europea, hemos de decir que el turismo en España se ha visto favorecido por la moneda única y por las relaciones con nuestros vecinos, mientras que las exportaciones pueden haberse visto perjudicadas por la Política Agraria Común, que nos ha obligado a adaptarnos al funcionamiento del Mercado Común, sacrificando volumen de exportación. Por otra parte, con la Unión Europea ha quedado consolidado nuestro papel de país importador, especialmente a los vecinos comunitarios y sobre todo con algunos productos determinados, como aquellos exportados por Italia, Francia, pero sobre todo por Alemania. Así, nuestra Balanza de Pagos ha quedado con un sempiterno estado de déficit por cuenta corriente, algo que ha venido muy bien a países como Alemania, con un claro modelo de inserción de producción industrial y de exportación.

Viendo la fragilidad de nuestro modelo de inserción, amenazado por nuevos destinos turísticos y por políticas comunes que parecen perjudicarnos particularmente, es el momento de preguntarnos si debemos adaptarnos a los tiempos y evolucionar. No podemos ser un país que dependa interiormente de burbujas y exteriormente de las inversiones de otros países y de los movimientos del mercado común. Tendremos que buscar nuevas maneras de actuar en la economía global del siglo XXI, en función de las posibilidades que nos ofrecen nuestros factores productivos: la tierra, el capital y el trabajo humano. Es precisamente en el desarrollo del capital humano donde puede estar el futuro de nuestra economía. Hallando nuevos mercados sin explotar, podríamos convertirnos en la punta de lanza de una revolución tecnológica sin parangón.

Lo que desde aquí voy a defender hoy es un modelo de inserción económica que aúne los servicios más modernos y la tecnología más puntera en algunos campos con un interés humanitario y social. Por tanto, este modelo de inserción podría ser definido como tecnológico-social. Básicamente consistiría en proveer de modernos servicios a países “en desarrollo” en mala situación, para desarrollarles económicamente, creando paulatinamente una demanda a la que vender los más variados productos. Este planteamiento tiene limitaciones, tanto cronológicas como económicas, que serán mencionadas posteriormente, pero tiene mucho que ver con la relación que hubo entre los Estados Unidos de América y los devastados estados europeos tras la Segunda Guerra Mundial. En otras palabras, lo que estoy proponiendo es proveer a países con un bajo nivel de desarrollo de los siguientes servicios:

  • Financiación relativamente barata, con un sincero interés de fomentar el desarrollo para que los fondos sean devueltos. En otras palabras, se deberán evitar las técnicas predatorias de los bancos que no muestran ningún interés por el futuro del prestatario. Se deberían combinar préstamos a las instituciones, organismos y empresas del país, pero también a las familias, en la forma de microcréditos.
  • Desarrollo tecnológico mediante tecnologías que permitan crear agricultura, ganadería, pesca e industrias. Se podría comenzar con tecnología como la desarrollada por algunas empresas, que permite limpiar de manera barata y natural el agua, hasta hacerla apta para el regadío y el consumo humano. Del mismo modo, se podría proveer a dichos países de semillas mejoradas (de una manera segura) para facilitar la agricultura, de útiles y herramientas para la ganadería, pesca, y extracción minera sostenibles, y de infraestructuras que permitan el correcto desarrollo económico, asegurando la cohesión social.
  • Formación de calidad para toda la población, para asegurar el desarrollo a largo plazo y la posibilidad de crecimiento autónomo.
  • Ayuda sanitaria con todas aquellas vacunas y medicinas que resultan ridículamente baratas en Occidente, pero que no se suministran a donde son realmente necesarias. Nuestro país es particularmente conocido por el gran desarrollo de técnicas médicas, por la donación de órganos y por la investigación. Podemos explotar ese potencial y compartirlo con otras poblaciones.

Como puede verse, el proceso a llevar a cabo es a largo plazo, luego requeriría un compromiso sincero y duradero por parte del Gobierno español, el Gobierno del respectivo país, y todas las empresas involucradas. En cuanto a las empresas, sería totalmente necesario convencerles del atractivo del proyecto, por lo que sería recomendable asegurarse de una justa remuneración por todo el esfuerzo. Considero que la mejor manera no sería cobrando un interés a la manera clásica, sino siguiendo una fórmula utilizada en la banca islámica: el compromiso de dar un porcentaje del beneficio. En otras palabras, para las empresas españolas este proyecto sería una inversión que aseguraría una parte de los beneficios del crecimiento interno y del posterior desarrollo de las industrias, los servicios y el comercio (un porcentaje que no ahogase la economía, por supuesto), pero también un mercado creciente al que proveer de bienes y servicios cada vez más desarrollados. A medida que la economía nacional vaya creciendo y desarrollándose, será necesario un conjunto de productos elaborados que España podrá exportar, mejorando nuestra balanza por cuenta corriente. Así se conseguiría asegurar el compromiso a largo plazo, en lugar de un rápido beneficio especulativo.

Es importante señalar que este modelo ha de irse ampliando a otras regiones a medida que vaya dando sus frutos, por una paradoja propia de la inserción. A medida que la economía se desarrolle, demandará más productos y más elaborados de España, pero sólo hasta llegar a cierto punto, a partir del cual será tan desarrollada e industrializada que se los producirá ella misma, llegando incluso a exportar. Por ello, sería recomendable diversificar este modelo de inserción tecnológico-social entre varios países. Aparte de esta limitación, encontramos una aún más elemental: la falta de voluntad política y empresarial que podemos hallar. Un proyecto de tal magnitud y atrevimiento sólo puede llevarse a cabo desafiando a otros estados y a organismos internacionales, por lo que hace falta buena voluntad, compromiso, atrevimiento, y el deseo de que dos economías, una inicialmente más desarrollada que la otra, crezcan de la mano hacia un futuro mejor para todos. 

Más motivos por los que las políticas de Rajoy están equivocadas

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El gráfico superior representa la intersección de las curvas IS y LM, y es uno de los gráficos más comunes en economía. Representa, según el modelo neoclásico, el equilibrio o estado de una economía, tanto de su aspecto real como del monetario. La curva decreciente y verde, la IS, representa la Renta Nacional o Y (PIB, para que nos entendamos) que hay una economía para cada nivel de tipos de interés o i. Es decreciente porque a medida que aumenta el tipo de interés, el sector real de la economía (el de la producción de bienes y servicios) genera una menor renta. En cambio, la curva creciente y naranja, o LM, es así porque el mercado de dinero (o sector monetario) genera una renta mayor al ir aumentando los tipos de interés. Como podemos ver, la renta y el interés de equilibrio surgen del cruce de ambas curvas, y cambian ante desplazamientos de las curvas , ya sea la IS (por variaciones en todo aquello que afecta al consumo, la inversión, el gasto público y las importaciones y exportaciones) o la LM (por variaciones en todo aquello que afecta a la oferta y a la demanda monetarias).

Esta pequeña explicación de la IS-LM nos sirve para entender mejor el efecto que pueden tener políticas como las llevadas a cabo por el Gobierno de Mariano Rajoy o del Partido Popular en general, como la subida de impuestos y el recorte del gasto público. Como os podréis imaginar, estas políticas tienen un efecto “negativo” en la economía, haciendo que la IS se desplace hacia la izquierda en el gráfico. Esto es así porque, para el mismo tipo de interés que había antes de las políticas, ahora hay una menor renta de equilibrio. Antes he entrecomillado negativo porque una política contractiva no es necesariamente mala, ya que puede responder a la intención de reducir la inflación o de reducir el tamaño de la economía, si es que es excesivo. Por ello, en condiciones “normales” de la economía (si es que las hay más allá de la pura teoría), una política contractiva como las del Partido Popular puede ser buena y necesaria.

El problema surge, actualmente, cuando no nos encontramos en condiciones “normales”, sino en una crisis económica y financiera, caracterizada por una gran contracción del crédito. Todos hemos oído lo típico de que los bancos “ya no dan dinero”, o que han recibido fondos públicos que no han dedicado a aumentar el crédito en circulación, sino a hacer crecer sus ya abultados salarios o a inversiones financieras alejadas de los intereses ciudadanos. Suena aún peor si vemos que los bancos centrales bajaron sus tipos de interés (distintos de los que aparecen en el gráfico) para facilitar el crédito y dinamizar las economías, algo que no ha sucedido. Es importante que entendamos que nos encontramos ante una trampa de la liquidez, una situación en la que, por mucho dinero que se inyecte en la economía (tarea de los bancos centrales), el tipo de interés no varía y el par renta-tipo de interés permanece exactamente igual. Pasemos a verlo mejor con otro gráfico IS-LM.

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La LM es totalmente horizontal en su parte baja, y por mucho que se desplace hacia la derecha (mediante la inyección de dinero), no variarán ni la renta ni el tipo de interés. Como podemos ver en el gráfico, sí que hay una manera de modificar el estado de la economía, y es mediante políticas fiscales expansivas, lo contrario que ha decidido el Gobierno de Rajoy. En otras palabras, si se redujesen impuestos, se fomentasen el consumo y la inversión, y se aumentase el gasto público, la economía real se expandiría, alcanzando una mayor renta de equilibrio, para el mismo tipo de interés. En una situación de trampa de liquidez es la única solución posible, al menos hasta que se resuelva el clima de incertidumbre y desconfianza en el mundo financiero y bancario. Si de repente volviesen la confianza y la buena voluntad a los bancos, y éstos volviesen a generar los volúmenes necesarios de crédito, las políticas contractivas no serían tan criticables.

Viendo esto así, resulta sorprendente el camino que ha elegido el Gobierno de Rajoy. Aunque es cierto que para al maltrecho erario público no vendría bien reducir impuestos y aumentar el gasto público (por el déficit, creado principalmente por las políticas contra la crisis y no antes, como determinados sectores de la política quieren hacer creer), la solución elegida va a perjudicar enormemente a la economía española en su conjunto. Aunque ya no estamos en los años 30, la solución correcta debería ser parecida a la que llevó a cabo Roosevelt en Estados Unidos: un salto de fe, un esfuerzo que aunque endeude (y mucho) al Estado, suponga el esfuerzo que la economía necesita para recuperar el movimiento.

Viendo por dónde nos quiere llevar el Partido Popular, hemos de prepararnos para una recesión aún mayor, a modo de ajuste, hasta que la tormenta amaine. Sólo después, cuando el crédito vuelva a fluir y el Estado haya reducido su déficit hasta niveles sostenibles para la mente de un neoliberal, se podrá llevar a cabo el esfuerzo para hacer crecer la economía española.

Las políticas económicas de Oferta de Rajoy y compañía

En esta entrada voy a contaros, partiendo del manual de texto Macroeconomics de Paul Krugman (premio Nobel de Economía, y uno de los fundadores de la New Trade Theory), las implicaciones que tiene una política correctora de oferta, en contraste con una de demanda. Como muchos sabréis, las políticas económicas de Margaret Thatcher y de Richard Nixon se caracterizaron por ser de Supply-Side o, lo que es lo mismo, de Oferta. Esto quiere decir que, ante un momento de crisis y de inestabilidad, se opta por re equilibrar la economía con políticas orientadas a la Oferta (las empresas), ayudando a que pueda expandirse. Así se alcanza otro equilibrio, distinto del original y muy distinto del que se podría alcanzar con políticas de Demanda. Este parece ser el objetivo del Gobierno de Mariano Rajoy: equilibrar la economía y devolverla la estabilidad, mediante unas políticas muy determinadas.

Las diferencias entre las políticas de Oferta y de las de Demanda son vitales. Mientras que a las empresas les viene bien reducir costes y aumentar la productividad, a los consumidores les conviene tener una mayor renta disponible (ya sea aumentando transferencias, becas o subsidios, o reduciendo los impuestos). El problema surge cuando la principal política de Oferta consiste en reducir salarios y abaratar el despido, para que las empresas minimicen sus costes. La idea que Patronal y Gobierno intentan vender es que al hacer esto se podrá contratar a más gente (a un menor coste salarial unitario), y que las empresas tendrán mayores beneficios (pagando más impuestos, supuestamente) y también más capital para invertir. Al mejorar la situación de la Oferta, esta se expandiría, equilibrando la economía con una mayor Renta Nacional. Sobre el papel, y en una teoría muy miope, esto suena muy bien. Pasemos a verlo en un gráfico.

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El eje horizontal es el de la Renta Nacional o PIB real (Y), mientras que el vertical es el del nivel de precios (P). Las curvas AD representan la Demanda Agregada (decreciente porque a medida que aumentan los precios, disminuye la demanda), mientras que las curvas SRAS representan la Oferta Agregada a corto plazo (creciente porque a medida que aumentan los precios, aumenta la oferta) y la recta LRAS representa la Oferta Agregada a largo plazo (con la que se genera el equilibrio a largo plazo o ideal, al cruzarse con la Demanda).

Lo primero que ver es que ha habido una contracción de la demanda (AD1 –> AD2), por lo que la economía se ha alejado del equilibrio a largo plazo o potencial en una recesión (del equilibrio E1 a E2). Esto supone que los precios de la economía sean menores, pero que también la Renta Nacional sea menor, aumentando el desempleo y los problemas sociales. Como vemos, esta es la situación de España tras la crisis que comenzó en torno al 2008: una recesión, una paralización de la economía, un menor PIB y un gran aumento del paro. Ante esta situación hay dos posibles salidas, siendo la reflejada en el gráfico la que parece estar tomando el Gobierno del Partido Popular. Una reducción de los salarios y el abaratamiento del despido (una reducción del coste del principal factor productivo, al fin y al cabo) expanden la Oferta, alcanzando un nuevo equilibrio con la Renta Nacional potencial, y un menor nivel de precios.

Todo parece fácil y bonito, ¿Verdad? Así parece que la economía vuelve a equilibrarse, y todos contentos. Lo que ni este gráfico, ni el libro de Paul Krugman, ni el Gobierno de Rajoy nos advierten (aunque ya hay voces previsoras) es que una reducción masiva de los salarios de una economía reduce, inevitablemente el poder adquisitivo de la población. Reducir los costes empresariales parece tener como positiva consecuencia una reducción de los precios y un aumento de la capacidad de adquisición y consumo de la ciudadanía, pero la verdad es que trae consigo una nueva contracción de la demanda. La verdad es que es muy fácil de ver: si se reducen salarios en todas las empresas, las familias o unidades domésticas podrán comprar menos, las ventas de las empresas se reducirán en el territorio nacional y las empresas tendrán menores beneficios y mayores incentivos para seguir reduciendo costes y salarios.

Como podemos ver, es una espiral de difícil salida, pero se puede proponer como alternativa una serie de políticas que expandan la Demanda en vez de la Oferta. Aumentando las becas, los subsidios y las transferencias, reduciendo los impuestos sobre el consumo y sobre las familias, y aumentando el gasto público en proyectos verdaderamente útiles para la sociedad, se puede alcanzar un equilibrio mucho más parecido al original (todo ello en potencia), pero manteniendo o incluso mejorando el nivel de vida de las y los españoles. Ante esta propuesta se elevan dos barreras. Por una parte, estas políticas de Demanda elevarían el nivel de precios y aumentarían el riesgo de una inflación, algo que aterra al Banco Central Europeo (que tiene como misión combatir la inflación, pero no asegurar el nivel de vida y la estabilidad, lo cual explica mucho de lo que ha hecho en los últimos años). Por otra parte, esta salida Demand-Side es mejor para la ciudadanía, pero indudablemente peor para los empresarios, que tendrían que ver reducidos sus beneficios.

Como podéis ver, la decisión parece ser a quién perjudicar y a quién beneficiar. La salida del Gobierno del Partido Popular se hace aún más visible si comprendemos su obsesión con la “Competitividad”: bajar los precios para volvernos más atractivos para el comercio exterior y para que aumenten nuestras exportaciones. Teniendo esto en mente podemos ver lo que intentan y lo que pueden llegar a conseguir: recuperar la economía en su conjunto, aumentando la actividad y los beneficios de las empresas (sobre todo de las exportadoras), mientras que se reduce el poder adquisitivo y el nivel de vida de la ciudadanía.

Desmontando la Globalización tal y como la conocemos: El Empleo (1)

Por la extensión de esta entrada, y buscando una más cómoda lectura, va a dividirse en varias partes, que posteriormente serán publicadas en su forma completa

En primer lugar, me gustaría aclarar lo que me ha llevado a escribir esta larga entrada: el cabreo in crescendo que tengo cada vez que abro el libro “Global Business Today [Hill y Hernández-Requejo, séptima edición, 2011], el manual de mi asignatura de Negocios Internacionales. Como ya he comentado a varias personas antes, este libro es una obra maestra de la manipulación semiótica, ya que es verdaderamente bueno cambiando el pensamiento económico del lector, casi sin que uno se de cuenta. Veo tremendamente fácil creerse lo que intenta vender, ya que consigue deslegitimar y ridiculizar muy sutilmente cualquier postura opuesta a la globalización neoliberal más servil. Los autores defienden varias posturas muy extendidas en el pensamiento político y económico, y en algunos aspectos, muy relacionados con temas tan candentes como las políticas de ajuste del Gobierno del Partido Popular, o con ideas básicas del pensamiento neoliberal.

Por todo ello, en esta entrada me propongo exponer y rebatir los principales argumentos que utilizan los autores, así como desmontar sus algo ilógicos argumentos contra todo movimiento crítico o disidente. Lo primero es comentar brevemente qué defiende el libro que es la globalización, para posteriormente atacar los principales frentes específicos.

Hill y Hernández-Requejo nos hablan en su libro de lo que casi todos entendemos por globalización: un proceso histórico (así como político, económico, social y cultural) caracterizado por una progresiva convergencia de las sociedades y economías individuales en un mercado y una estructura global. En otras palabras, consiste en la evolución de economías nacionales a una gran super-economía de entidades interrelacionadas e interdependientes. La principal consecuencia de la globalización sería, evidentemente, un gran desarrollo económico (con sus múltiples consecuencias sociales y políticas), medido por el PIB y por la renta per cápita. Esto es algo fácilmente contrastable y comprobable, y los autores explican que dicho desarrollo económico global (con sus evidentes y estructuralmente necesarias diferencias) se debe a la puesta en práctica de la ideología económica que asociamos al liberalismo: desregulacion, privatización, liberalización, libertad absoluta de mercado, eliminación de las barreras para el comercio y las inversiones internacionales, facilidades para los intercambios multilaterales libres, y la defensa del objetivo del máximo beneficio individual. En el libro se comentan también los orígenes y las bases ideológicas de la economía que defiende, hablando de David Hume, Adam Smith, John Stuart Mill y Milton Friedman.

Lo verdaderamente interesante no es la descripción (teórica) de la globalización, sino el conjunto de dicotomías dialécticas que crea para defender su posición, denigrando y deslegitimando todo lo que sea distinto. Se tratan, por ejemplo, los diferentes efectos que sobre una economía tienen un sistema político colectivista o uno individualista; un sistema económico de libre mercado, uno de economía planificada, o uno mixto; un sistema legal de “derecho civil”, uno de Common Law, y otro de derecho religioso. Lo que los autores intentan con ellos es legitimar teóricamente al modelo estadounidense (u occidental neoliberal), atacando los cimientos de cualquier otros sistema. En vez de hacer un análisis realista de las ventajas e inconvenientes de cada modelo o sistema económico y político, intentan (porque en verdad no consiguen) hacer que sólo se vea lo bueno su postura, y lo malo de todas las demás. Pasemos, pues, a ver qué defienden, argumentan y contra-argumentan en cada frente.

Sin duda alguna, una de las críticas más evidentes y necesarias contra la globalización tal y como la conocemos es la relativa al empleo, a su evolución y a sus movimientos. Como todo el mundo sabe, la globalización ha traído consigo un proceso de outsourcing o relocalización de los recursos productivos, siendo el más importante y relevante el empleo. Son bien conocidos los casos de empresas que han llevado oficinas, fábricas y espacios de procesamiento y producción a países emergentes o del llamado Tercer Mundo, buscando reducir costes para así abaratar los productos ofrecidos. Los autores consideran (evidente y necesariamente) el dilema de la pérdida de empleos en los países “desarrollados”, pero lo afrontan de una manera totalmente ridícula. Aunque aceptan que se pierden puestos de trabajo escasamente cualificados, defienden que el aumento de la necesidad de puestos bien cualificados y la reducción de costes compensan económica y socialmente hablando. Es aquí donde podemos ver un primer punto de encuentro con la imperante ideología que el Partido Popular ha aplicado y va a aplicar en sus políticas: la idea de que los recortes salariales (bien por políticas, bien por outsourcing) traen consigo unos beneficios que necesariamente compensan las pérdidas o costes sociales. Es evidente que, a menor salario, las empresas tienen menores costes y deberían poder ofrecer sus bienes y servicios a un menor precio. Y es también evidente que a menor precio, se deberían vender más bienes y servicios.

El problema surge si todas las empresas (o una parte importante) llevan a cabo las mismas reducciones salariales simultáneamente o, lo que es lo mismo, si toda una economía se vuelve en su conjunto “más competitiva” vía salarios. Lo que se consigue de este modo, al reducir la masa salarial de una economía, es condenar el consumo, reduciéndolo. Evidentemente, si de repente la mayoría de asalariados de España tuviesen un menor salario y redujesen por ello su consumo, las empresas se verían afectadas perdiendo volumen de ventas y por tanto beneficio, poniendo en riesgo su supervivencia. Si a ello le sumamos una reducción de becas, transferencias y ayudas estatales, vemos cómo la situación sólo puede empeorar. Es lo que pasa si, en un momento de crisis de demanda (por contracción del crédito y reducción del consumo), se llevan a cabo políticas de oferta que buscan mantener o mejorar niveles de beneficio.

En el libro de Hill y Hernández-Requejo intentan combatir las críticas a la cuestión del empleo diciendo que es normal, que la globalización trae consigo una re-colocación de empleos de una economía nacional a otra (en la que sea más barato producir), pero que haciendo balance la economía y las empresas se ven beneficiadas. Los autores consideran positivo y loable que (según ellos), a pesar de que los asalariados poco cualificados vean su renta disponible reducirse, la economía en su conjunto crece (por los mayores beneficios empresariales), mejorando las condiciones de vida de la población. Resumiendo: argumentan que disminuyendo la renta de la mayoría de la población trabajadora, se consiguen aumentar los beneficios empresariales, mejorando el nivel de vida de dicha población trabajadora. Y todo ello combinado con un cada vez menor peso del Estado en la economía. Resalto esto porque vería lógico y necesario compensar lo descrito con un aumento de las becas, subsidios y transferencias, a partir de una mayor recaudación de impuestos (por los mayores beneficios empresariales). Pero no: menos salarios, rentas, becas y subsidios; más beneficios empresariales; y mejor nivel de vida. Lo siento mucho, pero la lógica impide darles la razón. A lo mejor sobre el papel, haciendo cálculos del global de la economía o de ratios per cápita, los números cuadran y todo se compensa, pero no en la realidad palpable.

Podemos relacionar esto con un planteamiento general muy difundido, tanto entre los políticos que ahora están en el Gobierno, como entre economistas y financieros como los que han escrito el libro que estoy criticando: la idea de que las políticas y el enfoque de la oferta son lo correcto para hacer crecer una economía. Los autores resaltan la importancia, según ellos, de que para que una economía se desarrolle, lo primordial es asegurar el máximo grado de libertad y de facilidades para las empresas, para que la lógica interna del mercado funcione. Si bien es cierto que es necesaria la libertad para ejercer una actividad empresarial, y que el Estado debe proporcionar el marco legal y fiscal propicio para ello, es de ingenuos pensar que los mercados son eficientes y que la oferta regulará precios en función de las cantidades que la demanda pida. Si así fuese, veríamos bajar más menudo los precios (como en alimentación, cines, productos y servicios culturales, etc.), y no sería escandaloso que un sector de bienes duraderos vea reducidas sus ventas en un momento de recesión. Comento esto último por la noticia de hoy (lunes 2 de enero de 2012) sobre el descenso en las ventas de automóviles. Los vehículos deben durar años “al servicio” de los individuos y de las empresas, así que es perfectamente comprensible y hasta loable que se reduzcan las ventas, habiendo llegado a lo largo de los años a un gran número de automóviles en manos del público, y dada la recesión. Sería más preocupante, y censurable, si se mantuviesen los niveles de ventas de años anteriores, ya que esto nos informaría de una tendencia sobre-consumista en la población y en las empresas, o de un excesivo grado de obsolescencia programada en los productos. A pesar de ello, es innegable que un descenso en las ventas de automóviles afectará al sector, pero esto debería servir como aviso de que dicho sector esta inflado, y desajustado de su demanda, haciéndose necesario un acoplamiento o convergencia.

Menos Reformas, y más Revoluciones

​En el contexto de la actual crisis económico-financiera, a la que Stiglitz llama la Gran Recesión, se ha repetido en numerosas ocasiones la anécdota y moraleja de que, en chino mandarín, crisis y oportunidad son iguales. Podemos aprender de esta curiosidad lingüística, dándonos cuenta de que toda crisis es, si se le deja, una oportunidad para reformular los sistemas y renovar las diferentes esferas y los variados ámbitos de nuestra realidad humana. Es, por tanto, un umbral con dos opciones. Por una parte, podemos intentar volver por el camino del pasado, cambiando el mínimo posible de aspectos, para intentar que nada cambie. Por otra parte, podemos intentar la alternativa, luchando para remover los cimientos y buscar una nueva vía. Como podemos ver, una crisis no es sino un par de puertas, una de las cuales nos lleva a la senda del reformismo implícitamente reaccionario y conservador, que sólo busca huir de los problemas del momento, mientras que la otra nos lleva a la senda de la revolución y el cambio estructural, buscando, por tanto, no huir del presente, sino llegar al futuro.

Es inevitable ver cómo, en el párrafo anterior, destacan determinadas palabras algo violentas, que parecen incitar a la pelea y a la insumisión, y esa es precisamente su función. Pero no me entendáis mal: el enfrentamiento violento y la ocupación ilegal de espacios y de edificios no es la revolución de la que yo hablo y que yo defiendo. Lo que pido es la rebeldía académica, económica y política. Pido que todos y todas, ciudadanos y ciudadanas, seamos más críticos y menos serviles. Ya está bien de tomar algo como dado, fijo e inmutable, ya sean los conocimientos de un libro o un profesor, la estructura de cada sistema, y las ideas imperantes. El primer acto revolucionario, y más que necesario en estos momentos de profunda crisis económica, política y social, es cuestionar todo desde un punto de vista crítico e íntegro.

El conocimiento y el lenguaje son las armas más peligrosas y más devastadoras de todas, y es importante tomarlas. No como otros lo hacen, mancillando y pervirtiendo, sino todo lo contrario. Hay que depurar el conocimiento de todas las teorías rancias y supuestamente perpetuas, y sustituirlas por la diversidad, las ideas críticas y por fines socialmente útiles e íntegros. También hay que purificar el lenguaje, despojándolo de su carácter como arma. Sólo podemos hacer esto eliminando todos los elementos que discriminan, ya sea por xenofobia, sexismo, homofobia, y demás. Para hacer todo esto, lo más importante es aprender a decir NO, a cuestionar en público y en privado lo que se oye y se lee, buscando alternativas y defendiéndolas. Y no hablo de hacer proselitismo, sino de abrir las mentes de otras personas, mostrándoles la pluralidad de ideas. Por otra parte, es necesario enfrentarnos al lenguaje inculcado, a las expresiones y formas de hablar que siguen transmitiendo un mensaje implícito de odio y discriminación. Debemos girarnos cuando oigamos a alguien decir “mariconada”, “nenaza” o “coñazo” (por poner algunas expresiones discriminatorias poco ofensivas), y pronunciarnos en público, haciendo saber de la corrupción del lenguaje, del que seguramente no tenga culpa alguna.

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