Gentrificación y producción de los espacios

Gentrificación (aburguesamiento, elitización) es un proceso de transformación urbana en el que la población original de un sector o barrio deteriorado y con pauperismo es progresivamente desplazada por otra de un mayor nivel adquisitivo, como consecuencia de programas de recalificación de espacios urbanos estratégicos.

¿Qué duda cabe ya, viendo la aparentemente posmoderna realidad de la gentrificación, de que “la producción espiritual se transforma con la material”? ¿Qué duda cabe de que el capitalismo produce espacios a su imagen y semejanza? Sólo hay que echar un vistazo a barrios antaño de vida bohemia, migrante y estudiante, convertidos hoy en piezas clave de los planes de marketing de ciudades como marca (proceso a considerar, necesariamente, junto al de la transformación de los países en marcas a vender).

En el contexto de Madrid los casos paradigmáticos son, sin duda, Malasaña, Chueca y Lavapiés (oficialmente los barrios de Universidad, Justicia y Embajadores, respectivamente). Donde deberíamos haber visto la mano del Ayuntamiento y del sector público renovando edificios y asegurando una digna vida urbana, vemos la labor empresarial más especulativa y depredadora. Pensemos, por ejemplo, en la película Chuecatown, una cómica exageración del mobbing inmobiliario que en los últimos meses ha tomado la forma de un Ayuntamiento y una Empresa Municipal de Vivienda y Suelo (EMVS) intentando vaciar varios inmuebles del Distrito Centro. Otro ejemplo bien conocido, con la explícita connivencia del Ayuntamiento sería el del área del Triángulo de Ballesta, dominado por una asociación comercial (Triball, S. L.) respaldada por una inmobiliaria.

Debemos considerar al aspecto (al menos aparentemente) positivo de la gentrificación: se renuevan barrios, habitualmente llamados “marginales”, que suelen estar repletos de edificios ruinosos en los que la vida urbana puede ser definida, al menos, como deficiente. En el proceso gentrificador se produce un espacio renovado, “limpio”, y estéticamente apropiado para los gustos de tribus urbanas como yuppies, dinkies y, en general, la clase urbana cosmopolita y moderna. Surgen así, establecimientos comerciales modernos, “alternativos”, y una serie de sectores que podemos identificar con la Creative Class de Richard Florida. Podemos ver esta innovación y creatividad de los barrios y las calles como parte de la competitividad entre ciudades, el ya mencionado marketing de las ciudades como marca.

Esta perspectiva político-económica de las instituciones o delimitaciones geográficas vendiéndose en un mercado global como si fuesen empresas privadas ha recibido de manera vergonzosamente explícita de la Comunidad de Madrid, que publicó a través de su Dirección General de Urbanismo un manual sobre “Ciudades en transformación: reconsideración de la competitividad, la cohesión y la gobernabilidad urbanas” (Nick Buck et, al, 2007). Vemos que lo importante no es ya que la ciudadanía viva bien, o que haya espacios en los que llevar a cabo una vida pública, sino que una ciudad se venda bien. Surgen así propuestas como el Plan Estratégico de Posicionamiento Internacional (PEPI) del Ayuntamiento de Madrid, cuyo fin último es, previsiblemente, buscar la “competitividad” de la Villa como receptora de inversiones y empleos internacionales.

Vemos aquí un clarísimo ejemplo de aquello con lo que empezamos: la transformación de lo espiritual y lo material o, dicho de otra manera, la producción de espacios bajo el capitalismo que siguen los mismos principios que el sistema del que surgen. La dinámica del capitalismo, que lleva a empresas a procesos de destrucción creativa (mediante la necesidad de ir trascendiendo estructuras definidas de productos, mercados y tecnologías) se ha ido infiltrando en el funcionamiento de instituciones públicas a todos los niveles, como podemos ver por la relevancia de la palabra “Competitividad” en carteras ministeriales o en responsabilidades a nivel europeo. En el contexto de las ciudades y los barrios podemos leer este concepto, el de la competitividad, como la disponibilidad de los espacios y de las instituciones para someterse a los constantes y necesarios cambios espaciales y humanos (principalmente) que dicta la dinámica capitalista.

El aspecto negativo que podemos ver de esta dinámica y de la gentrificación es, principalmente, cómo se trata a las personas y a sus necesidades. Las personas que han hecho su vida en un barrio se convierten en barreras para la innovación, escollos a eliminar por el bien de la competitividad y de los caros gustos de la clase cosmopolita urbana. Desde la perspectiva del materialismo histórico-geográfico que defiende David Harvey (que podemos ver en relación con una dialéctica no sólo histórica sino también espacial) la gentrificación se ve como la previsible vuelta a los degradados centros urbanos de las clases adineradas que huyeron a los suburbios. En su momento la dinámica capitalista fluyó hacia los suburbios (siendo el clásico objeto de estudio el de la economía estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial), construyéndose numerosas infraestructuras nuevas y urbanizando vastas zonas de baja densidad. Esta construcción desenfrenada cristalizó en urbanizaciones y municipios que pueden ser definidos como “suntuarios” e innecesarios (salvo como motor de crecimiento económico capitalista). Es importante señalar que la degradación de los centros urbanos se debe precisamente del abandono y la huida hacia los suburbios.

La supervivencia del sistema, que según cómo lo veamos parece tener un estado de salud distinto, parece requerir ahora una vuelta a los abandonados centros urbanos. Abandonados, sí, al ir en el caso de Madrid las clases adineradas hacia el norte en la Villa y hacia los suburbios, instalándose por los bajos precios y alquileres colectivos que no podían o no querían permitirse la apacible vida suburbana. Surge, por tanto, de la dinámica capitalista de ir colonizando y abandonando continuamente espacios, mentes y mercados, la gentrificación como re-ocupación de lo antaño abandonado y despreciado.

La destrucción creativa trae consigo una metamorfosis de espacios, algo fácilmente visible, pero también y casi de manera más importante, de mentes y de conciencias. Volvemos así a lo dicho inicialmente de que el capitalismo produce espacios a su imagen y semejanza, al ir transformando a través del espacio, de la cultura, de la legislación y de la práctica política. Es paradigmático ver, en el caso de Madrid, cómo los espacios públicos se convierten en poco más que espacios de compraventa, en mercados perennes. La plaza de Santa María Soledad Torres Acosta (también llamada plaza de la Luna por la calle adyacente), la de San Ildefonso, la calle de Fuencarral y ahora también la plaza del Callao son ejemplos de una okupación que tiene poco que ver con CSO’s, sino más bien con CEO’s y con el mercadeo del espacio público. Se urbaniza así, desde el capital, no sólo el espacio sino las mentes, al hacer que el espacio público se asocie instintivamente al comercio.

Habiendo dicho todo esto, podemos ver que la gentrificación puede ser defendida como un motor del crecimiento económico con unos matices y unas intenciones secundarias de privatización y primacía del mercado. Podemos pensar, por tanto, en alternativas que busquen el desarrollo socioeconómico de los barrios y de las ciudades, obviando los intereses exclusivamente privados. Estas alternativas pueden pasar por la proliferación de cooperativas de vivienda y de otras prácticas económicas alternativas, y de la vivienda pública con alquiler social. Haría falta, para empezar, que un Ayuntamiento se dedique más a garantizar el derecho a la vivienda de su ciudadanía que a expulsar a gente de sus casas.

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